La nube, en su liviandad,
cuando observa
desde su excelsa atalaya,
la gualda arena del infinito desierto,
no imprime huella alguna
sobre aquélla.
Mas, cuando besa,
con labios mórbidos y húmedos,
los mismos dorados granos
que una vasta playa alfombran,
aguijonea con fuerza
horadando la tersura,
con premura maldiciendo
a cuarzos y feldespatos,
la lisura satinada y áurea
de ese rompecabezas de partículas.
La nube, en su malicia,
pierde las etéreas formas,
se licua, se vierte sola,
más aún, se precipita
con sulfurosas maneras,
con dentelladas al aire,
con carcajadas de vientos,
y se extrema, y se disuelve...
como se disuelve el tiempo
cuando te siento tan lejos...
cuando observa
desde su excelsa atalaya,
la gualda arena del infinito desierto,
no imprime huella alguna
sobre aquélla.
Mas, cuando besa,
con labios mórbidos y húmedos,
los mismos dorados granos
que una vasta playa alfombran,
aguijonea con fuerza
horadando la tersura,
con premura maldiciendo
a cuarzos y feldespatos,
la lisura satinada y áurea
de ese rompecabezas de partículas.
La nube, en su malicia,
pierde las etéreas formas,
se licua, se vierte sola,
más aún, se precipita
con sulfurosas maneras,
con dentelladas al aire,
con carcajadas de vientos,
y se extrema, y se disuelve...
como se disuelve el tiempo
cuando te siento tan lejos...
Mayte Dalianegra.
Pintura: "Vista de Delft", (1661), Johannes Vermeer.



