Hoy hace tres años que te fuiste,
tres años en que no compartimos
desayunos ni cenas,
ni programas de la tele,
ni paseos por los parques,
tres años en los que no sé de ti,
ni ya nunca sabré…
tres años de tiempo morigerado
por tu ausencia,
relativizado en la cúpula grisácea y triste
de un asterisco en el calendario.
Tres años de recuerdos desvaídos
como los colores de mi infancia,
de la que sólo quedan tu sonrisa franca,
tu cariño, tus esmerados cuidados,
tus mimos, el olor de tu pelo
cuando me acunabas en el regazo,
el aroma de tus guisos y aquellos bizcochos
que entonces me hacías, porque yo no comía y tú te desesperabas.
Los antiguos egipcios auguraban que no se muere
si alguien pronuncia el nombre del finado.
Desde que supe eso, mi boca te llama, repite tu nombre
como el vibrante tañido de una campana, desde que supe eso,
Nélida, dulce madre mía, mi voz te reclama.
Mayte Dalianegra.
Pintura: “Winding the skein”, (“devanando la madeja”), 1878, Frederic Leighton.
tres años en que no compartimos
desayunos ni cenas,
ni programas de la tele,
ni paseos por los parques,
tres años en los que no sé de ti,
ni ya nunca sabré…
tres años de tiempo morigerado
por tu ausencia,
relativizado en la cúpula grisácea y triste
de un asterisco en el calendario.
Tres años de recuerdos desvaídos
como los colores de mi infancia,
de la que sólo quedan tu sonrisa franca,
tu cariño, tus esmerados cuidados,
tus mimos, el olor de tu pelo
cuando me acunabas en el regazo,
el aroma de tus guisos y aquellos bizcochos
que entonces me hacías, porque yo no comía y tú te desesperabas.
Los antiguos egipcios auguraban que no se muere
si alguien pronuncia el nombre del finado.
Desde que supe eso, mi boca te llama, repite tu nombre
como el vibrante tañido de una campana, desde que supe eso,
Nélida, dulce madre mía, mi voz te reclama.
Mayte Dalianegra.
Pintura: “Winding the skein”, (“devanando la madeja”), 1878, Frederic Leighton.



