sábado, 27 de noviembre de 2010

LLÉVAME AL SUR.

La luna brilla engastada
en la noche gaditana,
con el mármol de su rostro
asido al pitón de un toro,
bailando hasta la mañana
en un tablao celeste.

La luna tiene un balcón
sobre las olas de plata,
ciñe su frente una tiara
de nubes enjalbegadas,
mientras relumbran luceros
de cobrizo almazarrón.

Me mira esa luna blanca
con sus ojitos de nata,
me pide clavo y canela
y una copa de aguardiente,
para remontar la pena
de no poder ver el sol.

Quiero estar allí presente
antes del amanecer,
cuando la luna se vaya
a dormir a su morada,
ansío saciarme de ella
reposando en tu almohada.

Llévame al sur, marinero,
en tu nave de azafrán,
con la vela a sotavento,
con el mar en mis caderas
cabalgando un alazán.

Mayte Dalianegra.

Pintura de Valery Tsukakhin.

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

UNA NIMIA DISPUTA AMOROSA DEL SIGLO XXI...

Tal vez, arrebatada, llevada por la ira, quisiera desprenderme de cuanto de ti hay en mí y de cuanto de mí existe en ti, y adelantarme, rauda cual saeta,  a tu necia decisión, y eliminarme de tus correos y de tus blogs y hacer lo mismo contigo y bloquearme  y bloquearte y suprimir tus correos y los que te escribí y arrojar tus fotografías, las mías y las de ambos, juntos y revueltos, al virtual estercolero… para borrar lo nuestro, en un vano intento de desechar nuestro pasado amor y nuestro presente dolor… pero me detengo y no hago nada, esperando que seas tú, el fiero vengador, el arcángel de fuego que encienda la llama del odio y el desamor…

Y me reitero, no hago nada, aun cuando la venganza quizás aliviara un tanto el extremo tormento que sufre mi agonizante corazón, mas sabes bien que no ha nacido mi mano para portar daga alguna, ni espada de Damocles que rasure uno solo de los pelos de tu barba… que soy de lengua suelta y no me callo nada, así reventasen estrellas y volcanes si yo omitiese una sola sílaba… pero que cuanto afirmo es susceptible de ser rebatido, empero no lo es por el silencio soterrado del que calla, sino por el sosiego de la palabra meditada y calma, de aquélla cuyos cimientos se infiltran en el sustrato mismo de la sinceridad, de la certeza, por más subjetiva que ésta fuera; en definitiva, de la verdad.


Mayte Dalianegra.

Pintura: “The remarse of Orestes”, (El remordimiento de Orestes), 1862, William Adolphe Bouguereau. Chrysler Collection, Norfolk, Virginia, U.S.A.

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domingo, 14 de noviembre de 2010

ERA, ES, Y SIEMPRE SERÁ.

De espigada planta y bizarra arrogancia,
cual aguerrido veterano de los tercios de Flandes,
portaba en el alma un blasón ardiente
como el templado filo de una corva faca.

Remitía su estampa a los cuadros del Greco
en el acerado claroscuro de la medianoche,
y era varonil como el aire puro,
como el que exhalan brezos y jaras
en los agrestes montes arrullados por el contumaz Noto.

Su estirpe turdetana gemía entre preces a las carnes trémulas,
su recia sangre bética, de alazán indómito,
ansiaba rendirse a las hembras de un harén ignoto,
libando la diamantina doctrina de un felón anacoreta.

Era éste mi hombre, semental parido en nube de estrellas,
luchando en palenques con los espolones de un rayo certero,
extenuando mis fuerzas bajo ambarinas exudaciones,
rotando mi torso, asiendo mis manos, escanciando mis pechos.

Era éste mi macho, la esencia infinita de un mar encrespado
en hirvientes volutas de humores lactíferos,
el efluvio viril destilado en la ígnea alquitara de mi vientre,
el Vulcano fogoso, cuya comburente fragua arrebola las pieles
y licúa las cópulas en coladas de candente lava.

Era éste mi amante, el gallardo delfín del dios del Elíseo,
sublimado en la flamígera cabellera de un cometa,
era éste mi amado, era, es, y siempre será.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “El caballero de la mano en el pecho" o "El juramento del caballero" (1580",  Doménikos Theotokópoulos, "El Greco". Museo del Prado, Madrid.

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domingo, 7 de noviembre de 2010

LA MALDICIÓN DE VENUS ERICINA.

En la nimbada cumbre del monte Erice,
hincada de hinojos entre floridos brezos,
rogué a la más temible de las diosas del amor
que no afligiese mi enteco corazón con el veneno de la pasión,
mas la inflexible deidad desatendió mis súplicas
y atravesaron mi pecho venablos y saetas,
desplegaron sus alas las ponzoñosas libélulas
y hasta las mariposas, de ágil y etéreo vuelo,
vertieron sobre mis labios pócimas tan deletéreas como deleitosas.

¡Ay de mí, que de amar sucumbo,
contaminada por el flujo incesante de tales filtros amatorios!
¡Ay de mí! ¿Qué hechicera, qué nigromante, elaboró tan letal brebaje?
Ni Circe, ni Medea, ni mortal alguna, podrían igualar tales efectos.

Sólo atisbar el eco de su risa,
esa álgida cascada que me arrebata el alma,
que trueca mis sentidos en columna torsa,
sólo escuchar el silencio de su mirada,
esa insondable sima donde se arroja mi enjundia,
precipitándose al vacío desde el trapecio del infinito,
sólo compartir con él la insignificante fracción de un nanosegundo…
¡y retoña en mí la felicidad más absoluta!

Mayte Dalianegra.

Pintura: "El Nacimiento de Venus", 1879, William Adolphe Bouguereau. Museo de Orsay, París.
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jueves, 4 de noviembre de 2010

EL ÁNGEL AZUL.

Llevaba entrañas de sierpe entre los dientes,
y los pezones bruñidos
por tantas manos,
como luciérnagas avivaban su mirada
al encenderse las candilejas del proscenio.

Poseía ojos de marisma
en calma enturbiados por un huracán de khol,
y los labios
 eran ciclámenes encarnados
desmadejándose
ante el paso convulso de sus palabras.

Vibraba su voz de humo
en notas graves
—sostenidas en el desfiladero de su laringe—
quebrándose en fragor de catarata.

A horcajadas sobre una silla de cabaret,
así respiraba aquel ángel azul
la noche oscura,
engendrando pasiones de hiel y cieno,
 alumbrando el despertar de una aurora marchita
en la república de las quimeras,
en el Berlín de los manumisos.

Mayte Dalianegra.

Pintura: "Cabaret", Raymond Leech.
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lunes, 1 de noviembre de 2010

COMO ISADORA DUNCAN...

En el lindero de lo finito,
mis pies desnudos, como los de Isadora,
vuelan en acrobacias y fugaces piruetas,
surcan el tiempo avanzando al revés,
suspendiéndose en un remoto pretérito,
orlando mis sienes de floridas tiaras,
cubriendo mi torso con drapeados peplos.

Danzan esos pies ansiando alcanzar los cielos
con cabriolas dignas del alígero Pegaso,
aceleran de súbito para detenerse inesperadamente,
codiciando las glaucas plumas de un quetzal,
o quizás, las membranosas alas de una mariposa monarca.

En ocasiones se muestran torpes y anquilosados
- amazacotadas tortugas de jade incapaces de movimiento alguno -
mas, otras veces, planean y se elevan hacia el firmamento,
portando, sobre ellos, la carga de mi piel y de mis huesos
y he aquí, que entonces, me siento ingrávida, sutil y etérea,
cálamo mecido por la brisa, vaporosa y liviana como el papel de seda.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “La danza”, 1856, William Adolphe Bouguereau.

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