viernes, 31 de diciembre de 2010

PALOMA

Fui paloma de alas mutiladas
por el inquietante viento de mis sueños,
obsceno engranaje de fútiles noches de excesos;
mas llegaste a mi vida, mimetizado de húmido relente,
para empapar de iridiscentes metáforas la aurora boreal.

Temprano amanecerá el gélido invierno,
vistiendo de albar las dilatadas alamedas,
lustrando de bronce las lobuladas hojas de los arces,
engañando al destino con la burla cruel de un espejismo,
saciando mi sed y mi hambre de tu codiciada carne.

Más pronto que tarde emergerá tu silueta recortada
sobre el grisáceo humo que exhalan tus bronquios,
y vislumbraré, en lontananza, entre el vapor de la locomotora
que fuera artífice del óbito, por puro amor, de Anna Karénina,
esa sonrisa corsaria que quebranta mi juicio hasta la expiación,
que extravía mis convulsos músculos y me trueca en voraz sierpe,
reptando, voluptuosa y lasciva, sobre tu fibrosa anatomía,
salivando tu salobre virilidad hasta fundirla en nimbos de azúcar,
jadeando y gimiendo sobre la cima de tus más lúbricos deseos.

Mayte Dalianegra

Pintura: “Mona”, 2009, Kiéra Malone

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jueves, 30 de diciembre de 2010

DOLIENTE AUSENCIA...

La oscura angustia de la plañidera azota mi pecho
en el callado remanso de la aurora,
cuando la tierra, humeante de sal y azufre, me espera,
y la noche, temerosa de un onírico universo, aún gotea.

La placidez de un sueño inconcluso evoca una dulce ambrosía,
el melifluo jarabe de tus besos amagando alcanzar mis labios trémulos
o la suave sinfonía de tu piel engendrando pavesas en la mía,
convulsionando mis vísceras como tenias en insufrible ayuno,
en esa  hambruna silenciosa y lóbrega que tu cuerpo huido me suscita.

No soportan mis entrañas la ausencia de las tuyas,
remisa mi rubicunda concavidad a la omisión de tu boca,
al desamparo de tus robustas manos, a la deserción de lo convexo,
vigoroso alminar que arroba la cúspide de mi consciencia
elevándome - grácil garza - hacia el rutilante topacio
de un firmamento pertrechado de luceros.

No se conforman mis ojos con el recuerdo de los tuyos,
gavilanes furibundos hincando sus garras en mis pupilas,
erizándome los poros, aguijoneando mis carnes,
escaldando mi sangre, espoleando mis sentidos.

No se acomoda mi alma a saberte ahora tan lejos,
a esa espera impaciente y tosca que desbroza el olvido
y despelleja la nostalgia, que zozobra en la memoria
para, abatida y consternada, doliente en este destierro,
anhelar, enfervorizada hasta la demencia, el ansiado regreso de tus huellas.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Onirique”, (Onírico), 2009, Ralph Heimans, colección privada, Sydney.

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domingo, 19 de diciembre de 2010

LUNA.

Luna, cascabel de plata fina
suspendido en la negrura,
ajorca coruscante de la noche
que bañas el regazo de la tierra
de albino y nacarado resplandor,
que tiñes de luces y de sombras,
de fantasmas de castillo medieval,
las piedras de senderos infinitos,
esos ríos de cauce sin caudal.

Luna, orondo lucero,
sinuoso anfiteatro estelar,
enroscada sierpe de volcánica piel
que creces y menguas a voluntad,
retuerces los mares, avivas sus aguas,
y hasta los niños te saben cantar.

Luna, mostrando el rostro
que no puedes ocultar,
visitas mi casa a estas horas,
te veo en  mi florido ventanal
y me pregunto, si en la distancia,
mi amado también te admirará.

Mayte Dalianegra.

Pintura: "Le crepuscule", (El crepúsculo), 1882, William Adolphe Bouguereau. Colección privada.
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sábado, 4 de diciembre de 2010

TU MIRADA.

Exhalaba el día su embriagador aliento a jazmín y hierbabuena
cuando la albura se evaporaba en un mar de oscuridades,
en las postreras horas de la tarde, aquéllas en las que Orión
asaetea frágiles gacelas de infructuoso zigzagueo,
y ebrio de su magras carnes, ahíto de rumiar su gloria,
escupe fuego crepuscular sobre la aljaba de Artemisa.

Fue durante ese tiempo que cobijaste tu testa en mi regazo,
relajado y fértil de cometas y de estrellas,
advirtiendo entonces el rubor que tintaba mis mejillas,
arreboladas éstas ante el impúdico descenso de tan dilatadas pupilas.

Cleopatra, con su untuosa sonrisa de miel y dátiles maduros,
jamás recibiera de César ni de Antonio tan lasciva mirada,
jamás la reina del Egipto de los Lágidas, envuelta en cendales,
o cubierta con el oro del país de Punt o con lapislázuli y turquesas afganas,
fuera objeto de tal acechanza, de ese deseo desenfrenado y ciego
que manifiestan quienes rotan su corazón en torno al sol,
quienes arden en la hoguera del delirio concupiscente
y renacen, fortalecidos, como árboles de ramas taladas,
muertas las hojas a sus pies, marchitos los frutos, consumidas las raíces,
pero viva la médula, vigorosa, firme, erguida, enhiesta,
orgullosa de un destino imperecedero.

Mayte Dalianegra.

Pintura: "The finding of Moses", (El hallazgo de Moisés), 1904, Lawrence Alma-Tadema.

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jueves, 2 de diciembre de 2010

NUESTROS OJOS.

En las cuencas de mis ojos
nacen dos serenos mares,
 espectros tornasolados de arco iris
o centelleantes esmeraldas
engarzadas, con pulcro esmero,
en el bruñido oro del crepúsculo,
que se tornan tempestuosos
cuando, ansiosos, escudriñan
la tersura satinada de la noche,
rastreando, con el vértice de los nervios,
la huella que en ella dejaron los tuyos,
esos brunos abismos de caleidoscópica simetría,
que me observan como mira el sol a la estrellas.

Mayte Dalianegra.

Pintura de Rolf Armstrong, (1889 - 1960).

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