martes, 23 de agosto de 2011

AGUA DULCE.

Agua dulce eres,
ambrosía,
en la inmensidad fragorosa de las dunas
de ese ardiente desierto que son mis labios.

Agua precipitada en el vacío
de unas cuencas cristalinas,
de una mirada vítrea,
como el cosmos azulado
y como él ennegrecido.

Agua que sacia la sed voraz
de tenerte,
de disfrutar los placeres de tu carne,
de simular ser la consorte
de tus morbosas ensoñaciones.

Agua como seminales surtidores
aplacando recónditos apetitos,
agua límpida, diáfana, pura,
blanca novicia desnuda,
agua turbia, enlodada, obscena,
lúbrico flujo de hembra
que por sus rincones vierte
las sales de su impudicia.

Agua con aroma a la silvestre lavanda
y al romero y al espliego,
al laurel de la esquiva Dafne
que me niego a ser,
rehuyendo del amor
para entregarse en raíz, corteza, fronda,
a la necia soledad del sibilino bosque.

Agua tras el arcoíris de tus pupilas,
diamantinas gotas
en ambigua danza
bajo la opulencia del sol estival.

Agua dulce eres,
de melocotón y exótica papaya,
para mi frugívoro paladar,
diestro en las mieses candeales
del  más tierno afecto,
perito en pleamares de salivas,
en lujuriantes efluvios a tierra mojada, húmeda,
a profundas cavernas por el salitre bañadas,
a la esencia de nuestros cuerpos sudorosos,
trémulos como un miserere de viernes santo,
y enlazados en nudo gordiano,
tendidos allá, muy lejos,
sobre el  feraz verdor de la hierba
que crece en el Parnaso.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Strigils and sponges”, (“Látigos y esponjas”), 1879, Lawrence Alma-Tadema.
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