miércoles, 31 de marzo de 2010

"DE VERAS, QUISIERA ESTAR MUERTA", Safo de Lesbos


De veras, quisiera estar muerta.
Ella, al dejarme,
vertió muchas lágrimas

y decíame esto:
"¡Ay, qué pena tan grande!
Safo, créeme, dejarte me pesa".

Y yo, contestando, le dije:
"Ve en paz y recuérdame.
Pues sabes el ansia

con que te he mimado. Y por si no, quiero
recordarte...
...y cuanto gozamos.

A mi lado, muchas coronas
de violetas y rosas...
...te ceñiste al cuerpo...".

(Safo de Lesbos)

Traducción de Juan Ferraté

Pintura: “Desnudo reclinado” (1864), Jean Frédéric Bazille

sábado, 27 de marzo de 2010

MI SONRISA


La sonrisa me acecha en la boca
cada vez que me acerco a ver
tu semblante sin ojos ni labios
ni nariz, ni cejas siquiera,
rostro de papel en blanco,
traza de humo que se va por esa chimenea
que es la compañía
y caldea el ambiente gélido 
de una soledad compartida,
de esa soledad nacida con nuestra carne
para morir con ella.

Eres faro alumbrando mi noche
y a buen puerto me guías,
al del amanecer de una florida primavera
engalanando de color mis balcones
o al de un día de verano
con inquietos delfines
cabrioleando sobre las olas.

Aquí vengo,
a encontrarme contigo una vez más,
a elevar las comisuras de los labios y entreabrirlos 
para que la gozosa comitiva de una verbena 
se abra paso 
y ocupe mi antes inexpugnable castillo.

(Mayte Llera, Dalianegra)

Pintura:  "Nymphes et satyre" (Ninfas y sátiro), 1873, William Adolphe Bouguereau. Sterling and Francine Clarck Art Institute (Williamstown, Massachusetts, United States)

sábado, 20 de marzo de 2010

POR LA CINTURA


Tómame por la cintura y permite que la luna
me bañe el pelo con escarcha de porcelana,
mientras yo sueño.

Deja que las estrellas bajen 
y se tornen palomas blancas planeando al viento,
que mi amor es una peña de roca dura,
y el tuyo un velero
encallado dentro.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: "The fisherman and the siren" (El pescador y la sirena), 1856 - 1858, Frederic Leighton

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viernes, 26 de febrero de 2010

CIUDAD DE TÚNEZ V (Carthage), Ruinas de Cartago I

"Dido enseña Cartago a Eneas", Claude Lorrain, (s. XVII), Kunsthalle, Hamburgo.

El barrio de “Carthage” se ubica a 17 Km al sudoeste, (pasando por La Goleta),  del centro de la capital tunecina y constituye el suburbio más elegante de cuantos la rodean, no en vano en él se encuentran el Palacio Presidencial y la sede de numerosas embajadas, así como las mansiones de la clase más adinerada.

De calles apacibles, bordeadas de buganvillas, eucaliptos y palmeras, es, además, el lugar más visitado de la Ciudad de Túnez, pues en sus inmediaciones se hallan las ruinas de la que fuera una de las grandes civilizaciones y potencias de la antigüedad: Cartago.

Si bien, la mayor parte de cuanto se ha excavado pertenece al periodo romano y no al púnico, puesto que, según cuenta la historia y también la leyenda, Roma destruyó por completo Cartago, arando incluso con sal sus otrora fértiles tierras tras la Tercera Guerra Púnica.  Lo que quizás no se sepa demasiado es que la propia Roma, poco tiempo más tarde, resucitó Cartago como un ave fénix y que los campos recuperaron su fecundidad y las ciudades su esplendor, pasando a convertirse en el granero que surtía de trigo a la metrópoli y formando parte de la Provincia Romana del África Proconsular.

"Eneas cuenta la caída de Troya a Dido", Pierre Narcisse Guérin, (s. XVIII), Museo del Louvre, París.

Una leyenda más antigua, recogida por el poeta romano Virgilio en “La Eneida”, narra la fundación de la propia Cartago por una princesa de la ciudad fenicia de Tiro, Dido, también llamada Elisa, tras huir con su hermana menor y su corte de doncellas, después del asesinato de su esposo Siqueo a manos de su hermano Pigmalión, rey de Tiro. Dido arribó en la costa de lo que después sería Cartago y allí solicitó hospitalidad y tierras al rey Jarbas, jefe de los gétulos, una tribu libia. Éste prometió concederle toda la tierra que pudiese abarcar con una piel de buey y Dido demostró  ser una mujer muy inteligente al hacer cortar la piel en tiras muy finas, que unió ente sí, y con ellas rodeó la colina de “Byrsa”, que en griego significa “buey”, fundando en este lugar la ciudad de Cartago. La misma leyenda cuenta de los amores que esta primera soberana cartaginesa mantuvo con Eneas, un heroico príncipe huido de Troya tras su destrucción por parte de los griegos, y que tiempo después la abandonaría para acabar fundando Roma, causando el suicidio de la reina, lo cual explicaría, en términos legendarios, el odio secular que cartagineses y romanos se profesaron mutuamente.

De la Cartago púnica, (que es como los romanos denominaban a los cartagineses), pocos restos quedan, pero de la ulterior reconstrucción de la ciudad, como parte integrante de la provincia romana de África, sí que podemos admirar ruinas, diseminadas en un amplio radio y ubicadas en este barrio residencial.

La visita se suele comenzar  por las Termas de Antonino y el yacimiento arqueológico circundante, que ocupa unas cuatro hectáreas y linda con el Palacio Presidencial, el cual está terminantemente prohibido fotografiar.

La entrada se encuentra en la zona de las Termas de Antonino, (lugar que dispone de aseos) y permanece abierta de 8 a 19 horas en verano y de 8,30 a 17 en invierno. La entrada es de pago y es posible adquirir una entrada conjunta que permite visitar varias ruinas, monumentos y museos, en el plazo de unos días, por un precio más reducido.

El parque arqueológico se compone de senderos  cruzados según los antiguos “Cardo” y “Decumanus Maximus”, pero enmarañados con la vegetación y con las ruinas dispersas entre la misma. En esta primera entrega se mostrará sólo el área aledaña a la entrada.

Franqueando la citada entrada, a la izquierda,  podremos ver una capilla funeraria de tipo hipogeo, (subterránea), de época paleocristiana, (s. IV), perteneciente al abad Asterius. Formada por una bóveda de cañón, consta de ábside y posee un mosaico pavimental con motivos geométricos y zoomórficos.

Ruinas de Cartago, Parque de las Termas de Antonino. Capilla de Asterius.
Capilla de Asterius, loseta de terracota con un león que decora la entrada.
Capilla de Asterius, interior de esta capilla funeraria.
Capilla de Asterius, interior, con el pavimento musivo. 
Capilla de Asterius, interior, detalle del ábside.
Más al suroeste, siguiendo un sendero delimitado por palmeras, se encuentra la llamada “escuela”, aunque también podría tratarse de una villa del s. IV d.n.e. (los expertos no se ponen de acuerdo). En estas ruinas se pueden observar los restos del peristilo o patio central ajardinado, y también su atrio trifoliado, (con forma de trébol), donde antes había un interesante mosaico pavimental que ha sido trasladado al Museo del Bardo.

 La escuela, del s. IV d. n.e.

Otra vista de la escuela.
La escuela vista desde el flanco norte.

 Al noroeste de la escuela o villa, había dos basílicas paleocristianas o bizantinas, de las cuales sólo se conservan restos apreciables de una de ellas, la de Dermech I, del s. IV también. Se distingue fácilmente por los fustes de sus columnas. Estaba formada por cinco naves y poseía un baptisterio anexo.  Se han encontrado vestigios de otra basílica dentro de este parque arqueológico y se sospecha de la existencia de una cuarta. De hecho, se sabe que en la Cartago cristianizada existían veintidós basílicas.

Basílica paleocristiana de Dermech I, s. IV.
Basílica paleocristiana de Dermech I, compuesta de cinco naves y ábside.
Basílica paleocristiana de Dermech I, vista del  ábside.
Basílica de Dermech I, vista del ábside desde los pies del templo.
Basílica paleocristiana o bizantina de Dermech I, vista del baptisterio.

Ascendiendo hacia el norte se halla la necrópolis púnica, con sepulturas muy antiguas, del s. VIII a.n.e., (antes de nuestra era), si bien la mayoría datan de los siglos VII y VI a.n.e. Muchas de las sepulturas son hipogeos, panteones subterráneos compuestos de grandes bloques pétreos o de fosas donde descansaban los sarcófagos de piedra o los ataúdes de madera. La necrópolis se extiende por un área bastante extensa, si bien se concentra sobre todo entre la intersección del cardo XVI con el decumanus IV. La mayor parte de las sepulturas contenían ajuares funerarios de cerámica, máscaras y estatuaria, que se exhiben ahora en el Museo del Bardo.

Ruinas de Cartago, Parque de las Termas de Antonino. Necrópolis púnica con un hipogeo, s. VIII a. n.e.

Vista de las fosas de la  necrópolis púnica.
Un sarcófago romano en la necrópolis púnica. Este cementerio fue utilizado en época romana también.

Retornando a la zona central del yacimiento arqueológico, se verá otra capilla funeraria bizantina o paleocristiana, también subterránea y decorada con un bello mosaico pavimental, de “opus tessellatum”, con tema floral.

Ruinas de Cartago, Parque de las Termas de Antonino. Capilla paleocristiana o bizantina.

Estela funeraria en el nártex de la capilla bizantina.
Detalle del interior de la capilla bizantina, con otra estela, restos de friso y el mosaico pavimental.
CONTINUARÁ…

Adjunto enlace al vídeo de un aria de la ópera "Dido y Eneas", que he publicado en mi otro blog "POEMAS Y POETAS":

THY HAND BELINDA (Dido y Eneas, Henry Purcell)


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viernes, 19 de febrero de 2010

CIUDAD DE TÚNEZ IV (La Goleta)

La Goulette (La Goleta), es un arrabal de la Ciudad de Túnez, situado a 10 Km. al sudoeste de la misma, a medio camino entre la metrópoli tumultosa y los barrios periféricos de alto standing de Carthage y Sidi Bou Said.

Bañada por las aguas a dos frentes: a un lado el Mar Mediterráneo, que se remansa en el Golfo de Túnez y al otro la Laguna del Behira (lago de Túnez), que significa “pequeño mar”. Esta cualidad doblemente acuática ha propiciado el destino marinero y popular de este entrañable antepuerto, que es el puerto de la Ciudad de Túnez, y que constituye el principal del país, si bien en la actualidad su función como puerto mercante se ha desviado al puerto de Radès y se le utiliza sólo como puerto pesquero, deportivo y turístico.

Quizás nos encontremos ante uno de los suburbios más auténticos de la capital tunecina, no en vano, su estética es una mixtura entre la de cualquier barriada obrera europea, heredera de un pasado colonial y una abigarrada localidad oriental. Las bulliciosas calles se bordean de infinidad de comercios coronados por rótulos de neón de todos los tamaños y colores imaginables, en constante y mutua pugna por atraerse la clientela local. 


El nombre de “La Goleta” (“La Goulette” en francés),  no deviene del de la embarcación homónima, sino que deriva del nombre árabe “Halk al-Wädï”, cuyo significado es “gola de río”, que no es otra cosa que un canal o ría, como la que discurre entre esta población, ubicada a orillas del Mediterráneo y el lago de Túnez,  y que antaño servía para dar salida al mar al estaño tunecino.

De agitado pasado histórico, fue ocupada por los turcos, conquistada por los españoles de Carlos V y reconquistada nuevamente por los otomanos.

En el s. XVIII recibió inmigrantes procedentes de Malta y Sicilia, para, en el XIX, tras la firma de un tratado entre Túnez e Italia, admitir la entrada masiva de italianos, que convivían pacíficamente con la población autóctona musulmana y con una importante comunidad hebrea.

Esta tolerante convivencia de tres culturas y religiones, se reseña en la película de 1995 “Un verano en la Goulette”, del tunecino Férid Boughedir, donde también se refleja el exilio que hubieron de tomar los tunecinos de origen judío e italiano tras la resolución de incautación de bienes, ordenada en 1967, por el entonces presidente de Tunicia Habib Bourguiba, tras la “Guerra de los Seis Días” que enfrentó a árabes e israelíes. En este filme de culto también hace su aparición, como estrella invitada, la actriz Claudia Cardinale, nacida en este barrio en 1938.

Hoy en día La Goleta desborda encanto, sobre todo en época estival, cuando se puede disfrutar de su larga playa o de su vida nocturna, con restaurantes y  tabernas que, a la luz de los farolillos, ofrecen el “complet poisson”, un plato de lubina fresquísima acompañada de tomates y patatas fritas.


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miércoles, 10 de febrero de 2010

BUSCO EN TUS MANOS


Busco 
en tus manos
las espigas doradas
que las mías sembraron,
en tus ojos,
un horizonte nevado de lirios,
en tus labios,
el sabor urente de las guindillas.

Encontrarás en mí
las rutas secretas
que extienden sus aromas
de frutas y cereales,
y la madera 
que se rinde al hambre 
de las llamas
cuando la luna de agosto
baila sus noches azules
sobre los cañaverales.

Ven a mí
y piérdete
en la médula
del capullo de rosa
y en la alquitara
que destila el arrebato.

Invócame
con sagrada devoción, 
asómate al lustre 
de mi carne húmeda
y sublima tu furia 
en la dulzura de mi vientre
y en mi encendido pecho.

Deja que partan, nómadas,
nuestros gemidos.

(Mayte Llera, Dalianegra)

Pintura: "L'Aurore" (La Aurora), 1881, William Adolphe Bouguereau

© Copyright: kGCxEBaGKwxiJ3H9 

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viernes, 29 de enero de 2010

PRISIÓN

Algunas veces
la vida
nos empuja a la ceguera
y buscando el amor,
la felicidad,
la risa,
encontramos barrotes
y altas torres.

Deseamos
borbotones de alegría
y en la boca
nos mueren las estrellas,
en el pecho
nos estallan maremotos
y en el vientre
nos sangran mariposas.

Demasiada confianza otorgada
a la permuta,
demasiado candor el que alojan
los corazones mansos.

La felicidad
no es luz
que se filtre por las rendijas.

(Mayte Llera, Dalianegra)

Pintura: “Biblis” (1884), William Adolphe Bouguereau

© Copyright: 6zSbxjO1OJB2Be29

Música: "Lágrima", Dulce Pontes

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miércoles, 20 de enero de 2010

SOY


Soy
lo que soy,
nunca podría haber sido otra;
el pez nunca será gato
ni el gato, pez,
la puerta nunca será ventana
ni la ventana, puerta,
por más que sus marcos se parezcan.

No habrá brillos estelares
fulgurando tras el canto del cisne
ni hubo pétalos de margarita
entre mis ancestros;
tampoco nadie
ensalivará un sello
y lo adherirá a un sobre
que me contenga
tras mi deceso,
para que el tiempo oficie de cartero
con el abrazo concéntrico
de su viento, pues no hay destinatario
escrito y esa carta
nunca encontrará otro cuerpo.

Los granos de materia se conmueven
en su plano arrugado y finito,
buscando el picaporte
que abra una pestaña de luz,
huyendo, aterrados, del misterio
oscuro,
ajenos, sin duda,
a su faz serena e inalterable,
a su faz sin antes y sin después.

(Mayte Llera, Dalianegra)

Pintura: "L'Etoile perdue"(La Pléyade perdida), 1884, William Adolphe Bouguereau. Colección privada

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sábado, 16 de enero de 2010

SOLO EL AMOR PERMANECE


Nada permanece en este mundo breve,
el mar es una boca devorando ríos y rocas,
y la vida es yesca consumida
por un fuego voraz.

Pero si en alguna parte
—no sé si más allá de las estrellas—
la raíz de algo sobrevive,
será entonces lágrima
fruto de la alegría
por su luz gestada entre las sombras,
por su destino de horas infinitas.

Si algo permanece —si no muere—,
será el amor por los que quisimos,
y quizá vuelva,
como vuelve el mar
rugiendo dentro de una caracola.

(Mayte Llera, Dalianegra)

Pintura: "Femme au coquillage" (Mujer con caracola), 1885, 
William Adolphe Bouguereau

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viernes, 15 de enero de 2010

MARRAKECH: "CHEZ ALÍ", la fantasía de las mil y una noches


Nunca me han gustado los viajes organizados y mucho menos los espectáculos creados específicamente para los turistas, sin embargo, en esta ocasión hago una excepción con este del cual procedo a escribir.


Se trata de un restaurante que ofrece una opípara cena típica marroquí, acompañada de una exhibición de música y danzas folclóricas beréberes y de una lucha guerrera ecuestre con demostraciones de acrobacias y fuegos artificiales.


El restaurante se llama Chez Alí, pues "chez" es un vocablo francés que significa "en la casa de", y Alí es el nombre de su propietario, un antiguo guía turístico que ha recreado un paisaje oriental, con una ambientación muy teatral, valiéndose de varios edificios en los que ubica los comedores, que bien parecen decorados inspirados en los palacios de los cuentos de las “Mil y una noches”. Estos se abren a un enorme patio donde tienen lugar los ágapes cuando el buen tiempo acompaña, y en cuya explanada central también se representa la llamada “Fantasía” ecuestre.


Chez Alí se halla inmerso en el Palmeral, un vasto parque natural situado en las afueras de Marrakech, la legendaria primera capital imperial de Marruecos, a unos veinte kilómetros de su vetusta e impresionante medina.


El Palmeral es un oasis que cubre una extensión de trece mil hectáreas y cuenta con más de ciento ochenta mil palmeras en la actualidad. Cuenta la leyenda que fue creado de forma accidental por los peones que trabajaban en la construcción de la “jettara” (cuyos pozos aún pueden verse hoy en día), una red de canales subterráneos cuya finalidad era abastecer de agua a la población de los llanos, canalizándola desde las colinas rocosas de Guéliz. Su constructor fue Alí Ibn Youssef, hijo de Youssef Ibn Tachfine, primer monarca de la dinastía almorávide y fundador de Marrakech.


Según esta misma leyenda, los obreros de la “jettara” arrojaban al suelo las pepitas de los dátiles que ingerían, germinando la mayor parte de estas y originando la formación de esta extensa masa verde.


Llegar al Palmeral y, por ende, al restaurante en cuestión, no reviste mayor dificultad, pues si no se dispone de vehículo propio o de alquiler, los taxis son muy económicos. No obstante, es recomendable reservar la cena en una agencia local si se viaja por cuenta propia, como fue mi caso, ya que el restaurante atiende principalmente reservas de grupos, bien sean de mayoristas de viajes o de las mentadas agencias turísticas locales.

Tuve la oportunidad de comparar precios durante mi primera estancia en la ciudad, y cuando regresé a Marrakech, para iniciar desde allí un completo tour por todo el país, reservé con una pequeña agencia que tiene sucursal (una humilde mesa de despacho), ante la terraza superior del “Café Glacier”, en la mítica plaza de “Jamaa el Fna”. Allí me fue posible ahorrar una cantidad considerable de dinero, consiguiendo la reserva por unos treinta y cinco euros por persona, incluyendo los traslados, ida y vuelta, en minibús, desde la puerta del propio hotel. El precio no incluía las bebidas, que no eran muy baratas si se trataba de alcohol, pero al menos existía la posibilidad de consumir vino o cerveza durante la velada, cosa no muy común en Marruecos.

A las puertas de Chez Alí, los jinetes reciben a los visitantes sobre sus monturas, ataviados y armados para el ulterior espectáculo y dispuestos a fotografiarse con el turista de turno a cambio de una nimia propina. Después, y tras franquear las puertas, grupos de músicos y bailarinas del Atlas proporcionan otra calurosa bienvenida a los comensales, los cuales son acomodados en mesas circulares dispuestas en el amplio patio, a la intemperie o protegidos bajo las “jaimas”, o en el interior de los hermosos pabellones, si la climatología adversa  no permitiese lo primero y lo segundo.

Y entonces comienza el desfile de camareros uniformados con chilabas, sirviendo, en primer lugar, la sopa marroquí denominada “harira” y elaborada con legumbres (lentejas o garbanzos) y ligeramente especiada. Un platillo para entonar el estómago, suave y sólo con una pizca de picante.


Tras él va un abundante cordero asado en horno de leña, una auténtica delicia para el paladar y detrás el plato nacional marroquí: el cuscús, en este caso de pollo. Con una sémola hecha justo en su punto, suelta y aromática, acompañada del pollo, garbanzos y de hortalizas como la zanahoria, se asemeja a uno de nuestros “cocidos”. Es un placer para los sentidos. Los marroquíes lo toman con la mano derecha, cogiendo varios ingredientes a la vez y haciendo una bola con ellos entre el índice y el pulgar, antes de llevarlo a la boca, pero es algo que se hace en la intimidad de las casas y no se verá en este lugar tan elegante, donde todos utilizaban cubiertos.


Hay que reseñar que la mayoría de la concurrencia era de origen magrebí o árabe; gentes de clase media o alta que practica el turismo en países de ámbito islámico, pues los musulmanes más o menos adinerados son poco dados a visitar zonas más “occidentalizadas”. En parte este hecho, el de encontrarse con escasos turistas occidentales, es lo que hace de este sitio algo recomendable, pues se confraterniza también con personas de otra mentalidad y cultura, se aprende sobre otros gustos y costumbres, y deja de ser en sí mismo el típico tópico del espectáculo para turistas.

Volviendo a las sabrosas viandas servidas, después del cuscús llegaron los postres: una exquisita, como ninguna, tarta casera, compuesta de capas de hojaldre alternadas con crema y almendras. Siendo como soy, una persona poco dada a los dulces, puedo aseverar que he degustado pocas tan suculentas en toda mi vida.


Para aquéllos que aún pudiesen hacer entrar algo más en sus estómagos: la fruta. una descomunal bandeja por mesa, bien nutrida de las perfumadas naranjas de Fez, junto con melocotones y ciruelas…


Y mientras los comensales se atiborraban sin remedio, grupos de músicos y danzarinas bereberes circulaban en torno a las mesas ofreciendo su arte y regocijando a todos cuantos se animaban a acompañarles.


Tras la cena y la oportuna algarabía, todos los presentes tomaron asiento en las gradas que circundan la gran explanada central del recinto para disfrutar de la “Fantasía”, la ceremonia guerrera donde los mejores jinetes de las tribus del valle del Riff aunaban esfuerzos para hacer de ello un espectáculo digno del mejor de los circos, con acrobacias a lomos de los corceles y al final luchas ficticias con disparos de salvas y fuegos de artificio. No faltó tampoco la danza del vientre, ejecutada por una bella danzarina, sobre una engalanada carroza.


Un restaurante y espectáculo que recomiendo tanto para viajeros que deseen poner un bonito broche final a su estancia en Marruecos, como para parejas de enamorados o para familias con niños. Todos se lo pasarán bien en esta especie de “parque temático” de las mil y una noches.

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