lunes, 3 de enero de 2011

DESDE AYER.


Ayer, entre horas de lento caminar
que opacaban los silencios de tinieblas,
se quebraron las férreas rejas
de esta mazmorra lóbrega y umbría
que confinaba mi malhadado corazón.

Y lejos del abismo de tu salmodia
insistente de amo redentor,
sobreviví al esfuerzo de saberme
libre, por una vez libre y yo misma,
cual paloma de alas retoñadas,
como el pimpollo de una rosa fresca
en titánica lucha contra la gélida escarcha del invierno.

Dijiste, como un Orfeo arrobado por su Eurídice,
cuando el tiempo se detuvo
ante el siniestro umbral de la muerte,
-nunca te dejaré-
mas era nunca hasta ayer.

Y ayer, oh, ayer,
ayer las camelias florecían bajo el hielo
y sus pétalos punzaban la fina capa del universo,
y ciclámenes escarlata brotaban
de mis labios enmudecidos y sin aliento.

Ayer, oh, ayer,
inmarcesibles eones me corrían por las venas
dando vida a mi esqueleto,
profanándome las sienes,
arrugándome la mente,
estallando en las cascadas
de mi risa acelerada.

Ayer, oh, y hoy,
contemplo un nuevo paisaje
sin los rastros gemebundos
de la opresión y del yugo,
¡y alzo mi grial victorioso
sobre la testa del mundo!

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Destiny”, (Destino), 1900, John William Waterhouse.

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