martes, 11 de marzo de 2014

IMPÍA SEDUCTORA

Soy una impía seductora,
sí, lo soy, me reconozco en ello,
me atavío de loba como divisa atávica,
y vago por montes
libando regueros enfangados,
en constante acechanza,
y contoneo mis cuadriles
con el ritmo frenético que imprime la cacería de un gamo,
levitando mis zarpas sobre lo agreste.

Soy una impía seductora,
sí, lo soy, me reconozco en ello,
una Cleopatra
parida del vientre de una alfombra,
quizás una Circe hechicera cuyas pociones
transformen en cerdo a más de uno…
Sí, lo reconozco, soy una impía seductora,
una hechicera, una bruja
de la peor ralea.

Pero tú, que me miras desde
tu pedestal de oro pulido,
desde esa torrecita de marfil
que no aguantaría ni medio asalto de un peso pluma…
Tú, que te empeñas en resistirte a mis encantos…
Sí, tú…
¡Ay, pobrecito!
Nada va a quedar de ti,
ni los laureles de César,
ni los de Marco Antonio tampoco,
¡a ver qué te piensas!
ni siquiera la piel del gamo,
ni uno solo de los cerdos
para ayudarte a regresar a Ítaca sano y salvo.
Porque esta Circe o Cleopatra,
o loba,
va a lamerte hasta el tuétano,
a devorarte hasta la esperanza,
y va a enseñarte
que cuando una hembra quiere
—y yo quiero—
no hay fuerza de macho que resistírsele pueda.

Mayte Dalianegra

Pintura: “Cleopatra y César”, (1866), Jean-León Gérôme
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